septiembre 15, 2010

Uno solo debe pedir

Hace poco iba caminando, no recuerdo hacia a dónde, pero me tope con tres pajaritos regordetes en el camino, pequeñas criaturas cafecitas con negro; nerviosas en cuanto pasé a su lado emprendieron su viaje. Me gusta observarlos, cada que los veo volar o que dan sus pequeños brincos cuando están en el suelo. Y recordé, porque nuestra cerebro tiene esa capacidad, de asosiación, recordé cuando en la universidad hice lo mismo, estaba caminando y vi una de esas criaturas que acabo de mencionar y dije:
---Tengo tantas ganas de agarrar a uno.
Mi vida prosiguió ese día. Tome los camiones de costumbre: el ruta uno y luego un cincuenta y cinco, una hora de trayecto para llegar a mi casa. Esa misma tarde, sucedió : un pájarito entró a la casa. Olvidé por donde, quizá fue por la puerta, la cual era común estuviera abierta o por la ventana. Yo estaba extrañada porque había recordado mi deseo, cómo era eso posible. Después de la extrañeza pasé a la alegría, el pobre estaba pérdido, no creo que estuviera conciente de porque estaba ahí, pero yo tenía la certeza que era porque había sido escuchada. Mi lógica indicaba que estaba lastimado porque se dejo agarrar. Tomé al pajarito en mi manos, la suavidad que sentí, la satisfacción de hacerlo y la confianza de que ese deseo algo extraño, se me había concedido, no pude evitar sonreír como tonta. Salí, abrí mi mano porque a mi parecer no tenía nada, y emprendió su vuelo sin dudarlo.

Ese ha sido uno de los más hermosos regalos que he tenido de él o de ellos, pero no el único.

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